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jueves, 8 de julio de 2010

Un texto de Augusto Lasalvia

Los Buenos Chicos del Nacional

Bajo las escaleras con Hernán y veo los enormes carteles que enchastran las hermosas paredes de nuestro Colegio y vamos hablando acerca del partido del fin de semana y intento humillarlo porque realmente ha jugado mal, quizás ha sido su peor partido en años, sin energía, sin carácter, y no puedo permitir que ninguno de nuestros jugadores sea un paralítico como es Hernán, así que pienso molestarlo hasta que le duela el haber hecho tan mal las cosas, yo soy el capitán del equipo de rugby y sé que mis opiniones pesan sobre la mente de todos los integrantes, así que pienso volverlo loco, de lo único que voy a hablarle es de que es un maricón, que parece una carreta en la cancha, y que si su abuelita lisiada hubiera estado frente a él durante el partido, tampoco la hubiera tacleado porque no tiene las pelotas necesarias para hacerlo.

- Sos un puto Hernán. Se te cayó de las manos la pelota como si tuvieras mantequita. El rugby no es para putos como vos. Porqué no desistís y te dedicas al bridge?, o a la política mejor?, como todos esos mierditas comunistas que ensucian al Colegio, a eso te tenés que dedicar, como wing sos una tortuga y encima no servís para nada, cuando te la dejé servida para que convirtieras te cagaste todita, putita, putita, me parece que tenés que entrenarte un poco más, mañana a la noche te voy a cagar a abdominales y vamos a ver si servís para algo. Después te voy a poner enfrente al gordo Roberto para que se te venga encima y tengas que taclearlo 25 veces, a ver qué hacés.

- Odio la política y a estos comunistas, dice Hernán con una sonrisa de desprecio en

la boca. Vos erraste también dos penales, así que tampoco podés decir nada.

- Yo puedo errar todo lo que quiera porque soy el capitán, vos TENES que jugar

bien porque si no te percho y listo, y vas a tener que ir a jugar a las cartas al club

de tu barrio boludo, querés eso? le digo amenazante.

Y noto que la barbilla se le hincha hacia un lado como cuando se pone nervioso. Realmente estoy disfrutando esto, y me detengo en el pie de la escalera y me arreglo el bleizer que mi madre me ha comprado en una sastrería de la calle Alvear, y veo si mis zapatos están con el brillo adecuado, y me siento orgulloso de mi pantalón gris de corderoy Boticcelli que es, definitivamente el más elegante del Colegio. Esos comemierdas comunistas roñosos podrían aprender bastante de mí. Miró a Hernán, que está prolijo y limpio como si él entero hubiera recién salido del lavadero en una pieza, y se pasa las manos por el pelo ultracorto, y se centra la hebilla plateada perfectamente lustrosa y observa con cara de asco las pancartas socialistas que los alumnos activistas han pegado a lo largo de todo el claustro pidiendo la libertad y la aparición con vida de no sé quién carajo, toda gente de la que jamás he oído hablar en mi vida, y seguramente que ellos tampoco, pero como alguien les ha estado llenando la cabeza con mentiras, vienen ahora y repiten toda esa sarta de porquerías de izquierda y todos nosotros que venimos al Colegio a hacer lo que debemos hacer, nos tenemos que comer esa mierda diariamente y eso no nos agrada, no nos agrada nada, y noto que mi saco tiene algunas imperfecciones encima de los hombros y las descarto como pienso que me descartaría de todos esos comunistas, y ahora sí que luzco bien, y diferente, porque no soy parte de ningún ganado, y mis amigos tampoco, somos lo mejor de este Colegio, y así están las cosas.

Y entonces veo como algunos de esos hijos de puta van saliendo de una de las aulas y todavía siguen debatiendo los asuntos que tanto parecen preocuparlos, y observo cómo Hernán se ha dibujado una sonrisa en la boca porque va a comenzar a hacer uno de sus actos que tanto me gustan, actos desquiciados de patriota, como yo los llamo, y entonces la emprende marchando por el medio del pasillo como si estuviera en una especie de desfile militar y hace el saludo nazi y se ve realmente bien, orgulloso y arrogante, y me cuesta disimular la risa cuando veo a todos esos pelotudos que lo miran pasar horrorizados como si estuvieran viendo desfilar a un fantasma o no pudieran creer que alguien haga eso, pero Hernán es así, le encanta hacer esas cosas para que yo lo observe, le gusta divertirme, juega en el equipo del Colegio por estas cosas, porque en la cancha es de lo peor que hay, yo soy su capitán, y el rugby es lo más importante de nuestras vidas.

Entonces llega hasta el final del claustro y ahora absolutamente todos los comunistas de la Asamblea del Centro de Estudiantes están mirándolo como si fuera un demente y una gorda que se llama Magnolia y que el otro día me dijo que ella no usaba desodorante porque eso era burgués y yo le contesté que igual ningún perfume podría tapar el olor a mierda que lleva encima, se le acerca y le dice inquisitiva y algo amenazante: sabés vos lo que significa ser nazi?, y Hernán sigue marchando como si no la escuchara y lo está haciendo maravillosamente y la gorda Magnolia queda empañada de odio y con la palabra en la boca, y cuando llega por fin a la punta, da la vuelta y comienza a correr paralelo a la pared con el brazo estirado y va arrancando en la corrida todos los inmundos carteles políticos que van cayendo hermosamente, y desde donde estoy no puedo creer que tenga tantos huevos para hacer eso y en los partidos sea tan cagón, y entonces decido que aunque sea un desastre jugando siempre quiero que esté en mi equipo, y cuando ya lo tengo decidido, se arma una batahola tremenda entre él y Abramovich, un ruso comunista y muy desagradable por cierto, y veo que Hernán está embocándole varias manos en los ojos y luego le da la cabeza contra la pared y el pibe queda desmayado en el piso y luego se le cuelgan varios encima y yo aplaudo y salto y me río y llegan los preceptores enseguida justo antes de que a Hernán le den una paliza entre todos y se lo llevan a Prefectura y él me alza el dedo índice en señal de victoria y yo lo saludo con una mano y luego atienden al chico que está en el suelo que luce muy mal y yo le paso por al lado, con media sonrisita en la boca y la gorda Magnolia me observa rabiosa y yo le hago una seña con una mano como si ella apestara y sigo de largo y me siento bien, todo esto definitivamente me ha alegrado la mañana.

Voy a ordenar una milanesa napolitana con ensalada mixta. Eso es lo que siempre ordeno al mediodía cuando me quedo en el Colegio para entrenar por la tarde. Estamos en el bar Ankar, que da a la parte de atrás del Nacional. Desde aquí abajo puede verse nítidamente el observatorio del Colegio que es como una pequeña cápsula en una esquina del edificio, como una especie de anexo pegada a él, como si fuera una de esas naves antiguas del viejo Flash Gordon, y me acuerdo de la única vez que nos hicieron subir allí, fue hace tres años, cuando teníamos todos trece años. Nos hicieron venir a todos a la escuela de noche, recuerdo la cara de pervertido de nuestro celador que cuando deseaba fastidiarnos nos acariciaba el pelo maliciosamente mientras nos decía que él personalmente iba a encargarse de que nos expulsaran a todos porque ninguno de nosotros valía nada, y estaba claro que ese tipo era una especie de pervertido pero yo sabía (todos sabíamos) que en realidad tenía miedo porque era clase 62 y ya habían llamado al frente de guerra a la clase 61, y la que seguía era la de él y entonces probablemente lo mandaran al sur a pelear contra los ingleses, pero qué mierda, la guerra estaba tan lejos que ni nos importaba, además que la estábamos ganando por afano, y entonces aquella noche que subimos al observatorio todos en filita y con el uniforme bien puesto y andando por esas escaleras antiguas apenas iluminadas, como si fueran a hacernos algo allá arriba, no sé qué, pero algo, y el Colegio entero que estaba en penumbras, y aquellos enormes claustros tan familiares durante el día que ahora no eran más que negrura y oscuridad, y esos halles enormes y esos pasillos por donde habían pasaron tantos muertos, Miguel Cané y Cornelio Saavedra, y el Colegio que peinaba más de cuatrocientos años en su cabellera, y se suponía que debíamos estar orgullosos de eso, pero en realidad a mí en particular me importaba poco o quizás no lo entendía del todo, lo único que sabía era que aquel era el Colegio donde había ido mi viejo y eso era suficiente, y entonces mientras todos pasábamos de a uno para ver por el orificio del telescopio los cráteres de la luna, yo la tomé a Mariel, la chica con la que estaba saliendo en ese momento y nos escabullimos por uno de los claustros en sombras y llegamos hasta el gabinete de Biología que extrañamente estaba abierto y nos metimos dentro, y yo estaba tan enamorado de ella que le levanté el shumper gris que tanto me excitaba y le acaricie las caderas y le sentí una perfecta ropa interior tan suavemente algodonada como nada que hubiera palpado anteriormente en mi vida, y me agaché y la besé mientras ella separaba las piernas sobre una mesada de laboratorio y luego las contraía contra mis orejas llenándome de calor y transpiración, y entonces me detiene y me dice que no, que no podemos seguir, que van a descubrirnos si no volvemos, y sé que tiene razón mientras saboreo el maravilloso jugo que corroe mi garganta, y entonces nos asustamos por un ruido cercano y nos damos cuenta que un pequeño hilo de luz que se filtra por el ventanal va a dar a ese frasco enorme sobre la estantería que contiene un feto inmundo en formol con una expresión terrible en lo que sería su cara, y le tomo la mano y salimos corriendo de allí, lo suficientemente rápido para no cruzarnos ni con Cornelio ni con Mariano Moreno ni con ningún otro.

El mozo me trae la milanesa y es uno de esos mozos viejos negros y gordos que odian servir a los pendejos como nosotros porque sabe que no le dejaremos ni un peso de propina y no se equivoca en lo más mínimo, y apenas la apoya me abalanzo sobre ella y decido no molestarlo, comer tranquilo y dejarlo vivir, además ya sé que para eso está Hernán, que está justo enfrente mío, y lo llama cada cinco segundos para joderlo por esto o por aquello, le pide mayonesa o más sal, y luego le pregunta si es posible cambiar el plato porque está muy salado o muy frío y no sé que otras cosas más.

El gordo está a punto de madarnos a la mierda pero a mí ya no me importa porque me he acabado mi milanesa y esa sensación de llenitud me abunda y me da sueño y ya no me importa que Hernán siga jodiendo al mozo, aunque no ha comido nada, y si no termina me levantaré, junto a los demás, y lo dejaremos solo, aunque no creo que se pelee esta vez, tiene en la cara aún las marcas de su pelea con Abramovich y aunque sus notas son excelentes cuenta ya con veinte amonestaciones, de acumular un par más tendrá que repetir el año o será expulsado y sabe, que su padre podría llegar a matarlo por eso, literalmente.

- Yo creo que tendríamos que enseñarle lo nuestro, dice Franco.

No sé cómo, pero la conversación se ha desviado hacia Vinilo.

- Qué querés decir con “enseñarle lo nuestro”? pregunta Maximiliano.

- Enseñárselo, eso quiero decir. Y que nos lo chupe. Podríamos llevarlo hasta el gabinete de Tiro, al lado del microcine, abajo en el sótano, decirle una mentira, como que por ejemplo necesitamos que se acerque a ver unos apuntes de historia en la fotocopiadora (que está al lado del gabinete de Tiro). Vos podrías hacer eso, me dice Franco.

- Y porqué yo? Digo. Si la idea es tuya.

- Qué? Te gusta a vos Vinilo? Te agrada acaso ese aroma tentador de meses sin bañarse que lleva tan elegantemente.

- No seas idiota, protesto.

- Entonces hacélo. Tiene buena onda con vos. Quizás hasta tenga fantasías con vos. Vas a dejar que un homosexual comunista que no se baña absolutamente nunca ande pensando en acostarse con vos sin hacerle nada?

- A mí nunca me insinuó nada.

- Pero lo piensa, vos sabés que lo piensa.

- Pensar no es un crimen, digo y todos se me quedan mirando en silencio y sé que dije algo boludo.

- Mirá, intenta persuadirme Franco, vos lo llevás engrupido a la fotocopiadora y cuando doblás por la escalera lo agarramos entre todos y lo metemos dentro del gabinete de Tiro. Ahí a oscuras hacemos como una parodia de un juicio. Le decimos que fue encontrado culpable de homosexualidad y que su olor atenta contra las reglas sanitarias del Colegio. Y lo obligamos a chupárnosla, uno por uno, y después le damos para que tenga.

- A mi me parece muy bien, dice Hernán, mientras revisa su comida que se ha tornado en algo espantoso.

- Si te agarran en otra te echan Hernán, vos lo sabés, le advierte Maximiliano.

- No me van a agarrar, me pienso cubrir la cara. Van a tener que hacer un identikit de mi pija para descubrirme.

- Como en Porky’s, digo yo

- Eso sería fácil, dice Maxi, la pijita más chiquita del Colegio sería la tuya Hernán.

- Se ve que la conocés bien no? sugiere Hernán.

- Paren paren, digo yo, no jodan ,digo pensando en otra cosa.

Y me acuerdo de la película que junto a Hernán fuimos a ver al Conti, un cine de mala muerte de Flores donde pasan películas condicionadas todas cortadas y dejan entrar a menores. Allí vimos juntos Porky’s, que fue genial; pero la última vez nos pasó algo diferente: el dueño, que es el propietario también de la gomería de enfrente, cruzó la avenida y advirtió a todos los que estábamos dentro que venía la policía. Los viejitos que te venden las entradas nos escondieron durante media hora en una piecita de dos por tres, y casi nos ahogamos. Después salimos, y la función continuó. Detrás de Porky´s venía una película que se trataba de una chica morocha que intenta robar ropa interior femenina en un negocio y es descubierta por el vendedor, que la obliga a acostarse con él para no denunciarla a la policía, y hay escenas muy buenas, como esa en la que el vendedor (que es un gordo feo) está desnudo sobre la chica dándole y ella está sollozando como una estúpida, pero al final, el novio de la chica descubre toda la matufia y lo mata, y yo me quedo con la boca abierta como esperando otro final, quizás que hubieran compartido a la chica o algo por el estilo, pero no, el gordo muere y el buen amor sobrevive, y Franco está observándome detenidamente como si esperase que diera mi aprobación para engatusar a Vinilo, y siento una arcada y me viene a la boca un sabor a milanesa mal tragada con el recuerdo de la varanda a roña que acompaña siempre a Vinilo, y le digo que no, que no puedo hacerlo, y Hernán me mira como si fuera un maricón, y Franco se vuelve a reclinar sobre el respaldo, algo decepcionado, pero luego pasamos a otra cosa y el asunto queda por el momento en suspenso.

Ahora vamos en el auto de Maximiliano, o mejor dicho en el Fiat Europa que el padre le ha comprado. Bajamos por avenida Belgrano y tomamos Entre Ríos, y no tenemos mucho para hacer más que poner al taco en el estéreo a Elvis y cantar sus canciones mientras nos deslizamos por una ciudad líquida donde hace apenas unos minutos ha dejado de llover. El viernes por la noche es la noche que todos esperamos. Podemos emborracharnos como unas cubas sin problemas porque al otro día no tenemos partido ni que ir al Colegio. Maxi y yo nos hemos acondicionado el cabello. Antes de salir de casa me he pasado pasta de jabón por el frente del pelo y se me ha parado un jopo voluminoso y soberbio del cual me enorgullezco. Maxi ha hecho lo mismo. Llevo además unos zapatos de mi abuelo con punta cuadrada que me están haciendo mierda los dedos del pie pero que son la envidia de todos. Unos pantalones bombiya de poplin negro con bolsillo americano, una camisa de mangas cortas y un chaleco sin mangas completan mi “aspecto”.

Hernán es más conservador en cuanto a su vestimenta. Y a Franco le importa todo un carajo. Lleva una remera negra y un jean y las mechas largas como un indio. Se las ha dejado así porque toca en una banda heavy que se llama Krupp en honor a la fábrica de cañones del ejército prusiano.

Casi no puedo acomodar mis pies en el piso del Fiat debido a la innumerable cantidad de botellas de litro de cerveza Quilmes que chasquean a cada curva que da Maximiliano. A veces, en la oscuridad de los recovecos del auto, me cuesta descubrir cuál de los envases va lleno y cual ya ha sido vaciado.

En lo que va de la noche, llevo el invicto con la cerveza. He tomado un litro entero de una vez, sin respirar, y soy el único que lo ha logrado. Sé que solamente Franco puede vencerme. Ningún otro tiene el aguante suficiente para lograrlo, pero él no está de ánimo hoy para competencias, así que me envalentono, y abro otra botella con el encendedor a la vez que tarareo las últimas estrofas de I want you, I need you, I love you realmente emocionado y casi con lágrimas en los ojos, y me la voy bajando y tardo exactamente dos minutos, desde Belgrano y Entre Ríos hasta Callao y Corrientes, donde eructo, doy una bocanada de aire y muevo las manos al compás de Dont be cruel, que por alguna extraña razón me hace pensar en Mariel, en su pequeña cintura refinada y en el maravilloso aroma de su entrepierna, y siento que la extraño terriblemente, y estoy colocado y emocionado como pocas veces, y Maximiliano detiene el auto fuertemente justo bajo una luz roja, y me arranca una botella de la mano y bebe medio litro a una velocidad increíble, y luego me la devuelve porque se ha puesto verde nuevamente, y me quedo observándolo, pensando que tal vez mi invicto no dure toda la noche.

Para cuando llegamos al bar de la Placita estamos todos bastante mal. Pedimos una mesa y nos dan una en el fondo. Hay bastante gente excepto en el lugar donde estamos nosotros. Un tipo con una guitarra está tocando algo que parece muy aburrido, como un folclore de protesta, aunque no llegamos a escucharlo bien porque Hernán está verdaderamente agresivo y quiere pelearse con todo el mundo. Pide aceitunas y comienza revoleárselas al cantante. Las aceitunas verdes pegan en la guitarra y le pegan en la cara, pero por alguna razón que no entiendo porque todo me da como mucha risa, nadie responde a sus agresiones. Intento calmarlo, y me quita bruscamente la mano de su brazo, y lo dejo, porque sé como se pone Hernán cuando está así, su personalidad cambia completamente, se vuelve otra persona, un ser agresivo y detestable hasta con sus propios amigos, y empieza a hacer la mímica de la ametralladora, como si quisiera matarnos a todos, y luego se para sobre la mesa, que es un tablón bastante escuálido y parece que va a venirse abajo pero no, no se cae, y se desabrocha el pantalón y la saca, y empieza a mear para todos lados, sobre la mesa y sobre nosotros, y entonces me levanto y me voy porque sé que van a echarnos otra vez por culpa de Hernán, que al verse solo nos sigue, con el pantalón humedecido y manchado como un mono loco, y la bragueta mal subida.

A la semana siguiente es su cumpleaños, y aunque estamos todos de resaca, Hernán nos ha invitado a todos a su casa porque va a hacer unas pizzas y dice que tiene una sorpresa para todos nosotros. Hernán cumple 17 y es uno de los más grandes, por una diferencia de pocos meses, de todo el grupo.

Apenas me levanto pienso en el compromiso de la noche y me siento abatido. No deseo ir, no creo que nadie de los chicos tampoco lo quiera. Hernán se comporta como un boludo la mayoría de las veces, así que para qué festejar su cumpleaños?, pero luego me siento triste y sin esperanza y sé que voy a terminar yendo, como todos los demás.

Lamentablemente no puedo ir a lo de Mariel. Se me ha podrido el rancho. Mariel vive en una bonita casa de Villa Devoto, y desde cualquier lado de la ciudad, tengo por lo menos, hora y media de bondi. Así que después de meditar mucho el asunto, intenté que esas distancias se pusieran a nuestro favor. Somos una pareja que pasa la mayor parte de su tiempo juntos sentados en uno de los asientos dobles de colectivo, así que fuimos convirtiéndonos en una especie de maestros en el juego erótico motorizado sobre bondis. Cuando hace frío, colocamos un abrigo sobre nuestras rodillas tapándonos la parte de debajo de nuestro cuerpo y yo deslizo mi mano hacia el calor que bulle tiernamente sobre sus muslos, mientras ella hace lo mismo sobre mi pantalón. El traqueteo del tránsito y el ir y venir del vehículo hacen el resto. Muchas veces nos observan, la gente que se para a nuestro lado nos dedica miradas juiciosas, pero no nos importa para nada, estamos jugando y nos divertimos mucho juntos, ella es mi chica y deseo pasar el resto de mi vida con ella, no hay nadie más para mí, perdimos la virginidad juntos una noche fresca de marzo sobre el sofá de su living, mientras el pesado de Stephen Bishop rebotaba con sus melodías sobre la púa. Tengo que decirlo, no me gusta la música que ella escucha. Ni las baladas de John Travolta, ni a Silvio Rogriguez, ni ningún otro, pero qué más da? Estoy enamorado de ella y de su cuerpo. Es dulce y buena compañía para mí, y yo la trato como si fuera mi reina personal, así que, que me miren, no tenemos nada que esconder.

Claro que su padre no piensa lo mismo. Es un yugoslavo enorme y con media cara rígida debido a una antigua parálisis facial infantil. Es un tipo temible. Mariel me cuenta que cuando ella está en el baño, a veces entra y saca la picha y se pone a mear delante de ella. Yo le digo que eso no es normal, y ambos nos preguntamos si no será una especie de degenerado. Por lo pronto no le gusta que yo no sea judío. Ellos lo son, y ya eso es un punto en contra para mí dentro de su familia, y a mí me pasa lo mismo pero al revés dentro de la mía. En los almuerzos del domingo en casa de mis tíos son constantes las cargadas. Me dicen que no van a ir a la sinagoga cuando me case, y me preguntan si voy a ponerme el qui-pá en la ceremonia. Yo me río y me sonrojo, y no digo nada, tengo 16 años y no sé cuando voy a casarme, así que para qué preocuparme. Mi padre no me dice nada pero sé que personalmente, no le agradan mucho los judíos. A mi tío, menos. Mi primo Juan Manuel solía robarse cosas de los clubes israelitas que visitábamos cuando jugábamos para el Club Italiano a los 6 o 7 años de edad. En una ocasión llegó a cagar en la pileta del Náutico Hacoaj gritando tomen judíos, caquita italiana para todos ustedes!, algo muy divertido, si no sos judío, claro.

En cuanto al padre de Mariel tengo que dejar pasar unos días porque estoy seguro de que quiere acribillarme. Nos encontró en un rincón del living semi desnudos. Yo estaba con los pantalones por los talones, y ella estaba dándome la espalda agachada en posición de perrita. Llevaba una incitante bombachita roja y estaba tan ardiente como yo en el momento que Otto (así se llama el padre!) apareció con una carota dura y estática de un lado, y a punto de explotar del otro.

Me sorprendió que no me liquidara ahí mismo. Dije buenas noches y me marché, y me fui trotando sin detenerme ni una vez desde Villa Devoto, atravesando Paternal y Crespo, hasta Liniers en medio de la noche.

Así que no me queda otra que ir al cumpleaños de este demente de Hernán. Ya todos sabemos cómo es “en la casa de Hernán”. No se puede tocar nada, no te podés sentar en ningún lado, no se puede hacer nada, porque está todo tan impecablemente pulcro y ordenado que, apenas hacés un movimiento te dicen NO!, o directamente viene la madre con un trapito y limpia o frota donde vos osaste apoyarte. Es curioso y me pregunto cómo lo harán: todo brilla, los candelabros sobre los muebles de madera lustrosa y laqueada, el equipo de música, los sillones lucen su felpa como si nadie jamás hubiera apoyado su culo en ellos, la cocina reluce y está en perfecto orden, los pisos no tienen ni una pelusa, y así todo. Hernán es igual. Cuando no usa una ropa, sea un saco o un pulóver, lo guarda dentro de un nylon transparente para guardar ropa y luego lo cuelga en el más perfecto placard que jamás haya visto. Su colección de discos de vinilo es increíble, jamás le pidas que te preste alguno, guarda las tapas dentro de plásticos especiales y los vinilos los repasa con un líquido tres veces al día! Y aunque no los escuche. Es insoportable. Es difícil entender que este Hernán sea el mismo Hernán que mea sobre las mesas de los bares o que camorree a los compañeros del Colegio cuando bebe. Pero es así.

Cuando entro a la cocina del departamento de la familia de Hernán ya están todos allí. Hay muchas botellas de cerveza a medio tomar y un ambiente silencioso en la mesita. Maximiliano, Franco y el Japo están allí. Beben, mientras Hernán cocina las pizzas prolijamente, limpiando y guardando cada utencillo que usa. Se lo ve nervioso, diciendo una y otra vez que hay una sorpresa para todos, como si no se pudiera aguantar a mostrárnosla, y me alegro al escuchar que me cuenta que su padre y su madre no están en casa, han salido para dejarlo un poco solo y que goce de alguna libertad con sus amigos.

Intento relajarme. Bebo y como aunque no debería. Al día siguiente tenemos todos un partido difícil contra el Colegio Manuel Belgrano que es muy importante para que clasifiquemos, pero eso ahora está lejos, porque ya hemos bebido bastante y nos hemos puesto frente al televisor principal de la casa que tiene una videocasetera debajo, y Hernán pone una peli, y aparece una vieja rubia vestida con una especie de traje espacial de velcro, con la cajeta toda descubierta, y que se está curtiendo a como cinco tipos pintados con una pintura muy barata color verde y que supuestamente provienen de Marte, y la vieja rubia es una enviada terrestre en son de amistad y que se llama Vulva (la muy puta) y están en una nave espacial de papel mayé platinada con lucecitas de colores que se encienden y se apagan.

Es raro, pero viendo esta película en la inmaculada mesa de madera de Hernán, me da un poco de vergüenza el estar junto a mis amigos, más bien me gustaría estar viéndola con Mariel, pero dudo que a ella le agrade porque aunque es una salvaje conmigo está siempre simulando que el sexo sin amor es algo brutal y dice no entender a los varones, “a quienes les gusta hacerlo con cualquiera”, y yo pienso que es cierto relativamente, porque es verdad que el sexo con amor es increíble, pero eso no quiere decir que sin él no lo sea, en otra medida, pero me parece divertido y estimulante igual.

Ahora sentimos que unas llaves dan vuelta sobre la cerradura y son los padres de Hernán que han vuelto, y la madre que es una señora muy señora viene emperifollada muy elegantemente como si hubieran ido al teatro o algo, y el padre viene haciendo las usuales bromas machistas de padre-de-tu-amigo-a-los-amigos-de-su-hijo, y luego se recluyen en su cuarto y entonces Hernán vuelve a poner a Vulva que ahora lucha junto a los marcianos contra los Vulcanos, una raza asexuada de otra galaxia que busca implantar el no contacto sexual entre los seres interplanetarios.

Y de repente la película llega a su fin, yo me encuentro totalmente excitado, pienso en Mariel y voy al baño, y en el baño pequeño “de las visitas” me siento en el inodoro y intento masturbarme, pero veo esos jaboncitos de colores puestos en frasquitos sobre el lavatorio, la toalla “campestre” floreada colgada en el sostén, el “Glade” echando buen aroma al ambientecito, y todo tan limpio que me imagino que un lechazo sería algo impropio en este lugar, así que vuelvo a la mesa, pero cuando salgo veo una cantidad de crucifijos como de platería colgando de las paredes porque los padres de Hernán son muy religiosos y jamás se pierden un domingo de misa y no comen carne para Pascuas y todas esas cosas, y se sienten unos ruidos raros que provienen de la habitación contigua y me acerco por el pasillo oscuro sabiendo que si el padre de Hernán me ve soy hombre muerto, y por la rendija de la puerta lo veo frente al espejo y me asombro: lleva un casco nazi y sobre la cómoda hay un vinilo con la cara de Adolfo Hitler y suena un discurso del Führer ante lo que parecen ser miles de personas, y el padre hace una especie de mímica frente al espejo repitiendo burdamente unas palabras en alemán, y me fijo en el detalle de los soldaditos de plomo alineados sobre lo que sería el chiffoniere, y la madre que lee una revista tendida en la cama intentando alejarse de todo, o al menos eso es lo que parece.

Vuelvo con los chicos. Hernán está poniendo música. Hernán solo escucha a los Beatles y a Queen. Eso es todo lo que le gusta. Y tiene absolutamente todos los discos y en un estado realmente elogiable. Y saca Queen Jazz, el vinilo importado que viene con el póster de las chicas en bolas andando en bicicleta, y comenzamos a conversar, yo intento ser ameno porque es su cumpleaños, y digo que en casa también tengo ése póster porque lo ha comprado mi hermano, pero ya no se puede abrir de tanto que me he masturbado sobre él, y Hernán se ríe, pero algo me molesta por dentro, ver al padre de Hernán me ha dejado mal, como enojado y no sé porqué, y no se me ocurre nada mejor que decirle a Hernán que todo el mundo sabe que Freddy Mercury es gay, y Hernán, que ha bebido bastante se va para atrás y me dice que me calle, que eso no puede ser, y para rematarlo le digo que es archisabido que cuando Queen llegó al Rock in Río del año pasado, se decía que lo primero que Freddy hizo fue llevarse a dos negros muy pulenta a su suite del Hotel Copacabana y pasarse una noche salvaje con ellos.

Hernán tiene brillo en los ojos y parece como que le he clavado un puñal donde no debía porque a partir de ahí el cumpleaños se vuelve un lugar sombrío y todos nos vamos pronto, porque las cosas se acabaron y porque mañana hay partido y es mejor que nos acostemos temprano y guardemos nuestras energías intactas aunque todo quiera brotarse como una fuente incontrolada de líquido adolescente.

Bajo por la gran escalinata de mármol que lleva a los sótanos del Colegio y me esfuerzo por ocultar el hervor que burbujea en mi sangre, la adrenalina, el deseo . Vinilo va a mi lado y charlamos casualmente de las materias y de los exámenes parciales. Parece estar feliz de que finalmente alguien le hable y yo le doy charla como si fuera su gran amigo, su confidente. Casi sin intención le cuento algunos secretos míos, como qué chica me gusta y qué cosas horribles hacen algunos de nuestros compañeros. Le digo que Diego, el anteojudo que se sienta en el cuarto pupitre, es quien ostenta el ranking más alto en masturbación diaria. Lo ha llegado a hacer hasta siete veces en un mismo día y es por eso que ya no rinde de la misma manera que antes en sus estudios. Vinilo ríe levemente casi sin poder creer que le confíese esas cosas, tantas horas de silencio a su alrededor han terminado por volverlo un niño encerrado en sí mismo, y su olor me tumba y me cuesta muchísimo acercarme a él y darle una especie de abrazo estúpido para que se relaje y me siga, y le digo que luego de que me acompañe al gabinete de Tiro podemos comer algo en el comedor, y eso parece incentivarlo, y baja conmigo las escaleras alegremente, doblamos por la esquina de la fotocopiadora, se siente el ruido de la máquina cuyos engranajes van y vienen sin detenerse a respirar ni un momento, y huelo ese olor a papel caliente que emana el cuarto y aunque me repele también, lo prefiero al olor de Vinilo que me apesta porque es un rojo inmundo y se merece lo que va a pasarle en unos instantes, o al menos eso es lo que me digo, y lo conduzco entre risas ingenuas y comentarios amigables hasta el hall del gabinete y nos introducimos dentro, donde está todo muy oscuro, y de repente, cuando se enciende una luz, Franco Maximiliano y Hernán se le echan encima y comienzan a darle golpes y patadas, y Vinilo cae sollozando y suplica, implora por favor, y yo me quedo aparte, indiferente y culpable, mirando, y me da pena su dolor pero ya no me animo a hacer nada porque soy yo el que lo ha entregado, y mientras sufre en el piso veo su cara, calculo perfectamente sus ojos que me atemorizan sobre los míos, y entonces también le doy, hasta que debe apartar los ojos, hasta que lo obligo a apartarme los ojos, porque no debe verme, ni debe acusarme, y se desmaya de repente, y Franco le baja los pantalones y se le acomoda detrás, y comienza a darle, y Vinilo está como un cuerpo muerto, y entran a darle esas convulsiones de enfermo mental que tiene a veces, y luego pasa Hernán que está efervescente, y se ríen, y cuando me miran invitándome a compartir el festín yo hago que me río también, eso es lo que tengo que hacer después de todo, ellos son mis amigos y todo esto nos gusta mucho, y me invitan a hacérselo mientras se revuelve en el piso como un pez afuera del agua, pero digo que no, no gracias, para mi esto ya es suficiente, y salgo, y afuera es todo oscuridad otra vez, una oscuridad profunda e inacabable donde siento que varios ojos me están observando desde lejos, y estoy solo y con muchísimo miedo, tiemblo, sudo y quiero saber dónde estoy, pero el susto que llevo es tan grande, que ni siquiera me atrevo a preguntar nada.

Me despierto transpirando y por un segundo recuerdo perfectamente el sueño que he tenido. Voy hasta el baño y lavo mi cara frente al espejo sintiéndome todavía culpable por algo que no estoy seguro si hice o no. El agua sale fría, y me digo que me hará bien si me doy un baño, pero ya es tarde, debo salir para juntarme con los chicos e ir a jugar el partido. Dios, pienso, qué bueno que lo que he soñado no ha sucedido en realidad. Qué bueno, me alivio. Salgo con una prisa que me obliga a correr por las calles, pero voy feliz, el estado puro de mi cuerpo me llena de optimismo, pienso que hoy puede ser un buen día para jugar rugby, para ganar y golpearme un poco, y mientras salto en el asiento del bondi esos pensamientos me van alejando del sueño que sé que olvidaré un poco más tarde.

Los colores de nuestro Colegio son algo sagrado. Así lo entiendo yo, que soy el capitán del equipo, y así intento que lo entiendan todos.

El partido está reñido en verdad. Hemos hecho varios tries pero ellos nos están apaleando en los últimos minutos. De un scrum en las puertas de nuestro in-goal, ellos arman una jugada increíble que termina en un try.

Van sólo dos puntos arriba, pero quedan apenas dos minutos para que termine el partido.

Después de sacar, el juez les cobra un penal más o menos a mitad de campo y del lado derecho.

Soy el encargado de patearlo. Nadie tiene confianza porque los palos están muy lejos y éste no es mi lado predilecto. El árbitro se me acerca y me dice que luego de que patee el penal, el partido se acaba. Si convierto, ganamos. Si no, el partido se ha perdido.

Me concentro. Hago mi usual mímica de búsqueda de energía frente al óvalo al que estoy a punto de darle un patadón. Los palos parecen estar a miles de kilómetros. Apunto. Tomo carrera. Disparo. La bola va haciendo una extraña comba alta por el aire y la mirada de todos los jugadores, el juez y los mirones de afuera, la van acompañando como si fuera una paloma mensajera que llevara un mensaje de vital importancia para todos.

La pelota luego comienza a bajar. Es un segundo que dura una eternidad. Se va perfilando bien y penetra exactamente por el medio de los palos y, en ése instante recuerdo mi sueño, la cara de Franco con la lengua afuera penetrando perfectamente a Vinilo, los demás vitoreando, aplaudiendo, y los albores se confunden con los gritos de mis compañeros y la gente que está afuera aplaude el tiro magistral que nos ha convertido en ganadores, soy el éxito del momento, troto un poco alrededor sin estar demasiado alegre por lo que ha sucedido, aunque la cara de los perdedores me da en la boca una especie de sabor maligno, como si yo mismo, con mis botines, los hubiera pisado y aplastado, siento su pesar, sus ilusiones caídas luego de pensar que se iban a ir triunfantes con la cosa, soy el héroe del día, y Hernán, que hoy ha jugado otro de sus pésimos partidos, me levanta y me lleva en andas, y sé que ahora se vienen los festejos, y la expresión cataléptica de Vinilo en el piso se me hace piel, siento un temblor, me dejo felicitar y soy falso ante los demás. Ahora se viene el tercer tiempo donde todos beberán como caballos en mi honor y en honor al encuentro, soy el capitán y brindaré con ellos, ellos son mi familia, a ellos les debo todo, y así es como deben salir las cosas.

El vestuario es una fiesta, hay cantos y gritos entre culos y pijas desnudas.

Comemos unas hamburguesas en una especie de salón frío y veo cómo Hernán comienza a sacar botellas de vodka barato del bolso como si ya hubiera sabido de antes lo que pasaría. Los chicos beben como desaforados, y las tres botellas que ha traído se vacían con rapidez. Los contrarios nos miran como si fuésemos indios, pero a nadie le importa eso. Como ellos se van temprano, nosotros nos levantamos también y seguimos bebiendo en el estacionamiento. Lo veo a Hernán, que está peleándose con dos a la vez por la última botella que queda llena. Se los saca de encima y quedan desparramados en la tierra. Luego abre el pico, levanta la quijada y pone la garganta inflada como si se tratara de una posición de pelícano que está deglutiendo un pez. El vodka comienza a pasar de a borbotones. Sigue tragando sin parar, lo veo respirar a la mitad del nivel deteniendo apenas el fluir del líquido por su cuello, y luego prosigue como un endemoniado, hasta que no queda nada, ni una gota, y nadie lo puede creer, Hernán está demente, y da pasos a los costados buscando un equilibrio que no tiene, y su cara lo dice todo, y comienza a retar a todos a que se peleen con él, pasan familias a nuestro lado y nos observan y sé que estamos dando un mal espectáculo, que el Colegio quedará mal parado después de esto, y de la nada Hernán se zambulle encima de Jorgito, y le pega mucho y Jorgito le dice que está loco, y Hernán nos mira perdidamente a todos nosotros, y nos dice vengan vengan que los mato a todos, y algunos intentan calmarlo y otros se van, el trago del festejo ha sido un espanto, la celebración se ha terminado, las vociferaciones de Hernán golpean nuestras espaldas mientras nos marchamos, hace frío, y no quiero volver a ver a nadie por un tiempo prolongado, por lo menos hasta que este domingo termine y se vaya con él toda la mierda que voy masticando camino a casa.

Voy pensando en mi padre cuando estamos todos trotando por la Costanera sur en nuestro habitual entrenamiento de los días martes. Algunos se han creído que porque hemos ganado el domingo este entrenamiento va a ser una cosa fácil. Pobres. Yo soy el encargado de entrenarlos. Yo los hago correr, yo les grito, yo los arengo, los subo y los bajo a mi antojo. Puedo hacer lo que quiera de ellos. Si la cara de alguno no me gusta, puedo mandarlo a hacer cien lagartijas, o doscientos abdominales, que es lo que todos odian, y eso es lo que hago, mientras les grito que son unos maricones de mierda, unos flojos y unas señoritas, y que así no vamos a vencer a nadie, y veo en sus caras las expresiones de cansancio, la transpiración que cae desde la frente. Nadie osa contradecirme. La hazaña del domingo me ha afianzado como capitán y pienso aprovecharme de ello. Es lo que cualquiera haría en mi posición, es lo que me harían a mí si yo no fuera el capitán. A Hernán lo hago correr el doble y le grito en el oído que es un asqueroso de mierda, un comegatos, la peor escoria, un puto y negro asqueroso, eso es lo que es. Y mientras troto a su lado estoy seguro que su sudor huele a vodka, y me gusta hacerlo sufrir, lleva una cara de asustado tremenda, pero en el fondo le gusta ser vapuleado por mí, que soy su mejor amigo y su peor verdugo, aunque si tengo que decir la verdad ningún capitán tiene amigos, sólo capitaneados.

Seguimos esforzándonos bajo la noche espesa. Las respiraciones de los chicos queman el aire con nubes de vapor. Soy el peor hijo de puta que estos hijos de puta hayan visto, y me alegro de ello, estoy orgulloso, y con un pito les indico que comienza la carrera, el pique desenfrenado, y lo hacen, me hacen caso aunque no den más, y pasamos por el monumento de Lola Mora con toda esa voluptuosidad tan femenina, y aunque mi madre me ha hablado de ella (de Lola) yo no le encuentro ninguna belleza al calamar ése de donde sale una ninfa que debió ser una golfa impresionante, y mientras andamos por la glorieta, exhaustos, toco pito y grito insultos y palpo la antigua majestuosidad del paseo por donde cien años atrás circulaba lo más alto de la aristocracia porteña, y hoy le sirve de nicho a esos negros de mierda que vienen a toquetear a las siervas que están en su noche de franco, y la verdad que me da mucho asco la decadencia absoluta de nuestro tiempo, por mí harían bien en acabarlos a todos.

Súbitamente, cuando los hago detenerse para respirar un poco y comenzar con el estiramiento muscular, se me viene a la memoria una historia que mi padre me ha contado de su época en el Colegio: son un grupo de cuatro y se han sentado a una mesa larga del comedor. Pérez ha sido el último en incorporarse al grupo, y mi padre propone un brindis en nombre de la amistad escolar. Premeditadamente han preparado las botellas para el festejo. A Pérez, que es el idiota del curso, no va a tocarle gin como a todo el mundo, sino ácido. Mi padre levanta las copas y dice unas bonitas palabras. Luego advierte, la cosa es “a fondo blanco” y Pérez se lo toma de un saque ingenuamente. El ardor en el estómago es algo brutal. Pérez se retuerce mientras los demás ríen. Se llama a una ambulancia que lleva a Pérez a Terapia Intensiva en el Argerich, y por un pelito no son todos expulsados. A Pérez le hacen un lavado de estómago, y se salva de morir por muy poco.

Vuelvo a los gritos luego de este descanso. Me reafirmo en mí mismo. Un capitán no es nada sin el rigor. La noche va aumentando en frío, y por dentro sé que todo esto no tiene sentido, pero es lo que hay que hacer, el camino que se debe seguir. A los que no sirven hay que eliminarlos. Eso es lo que flota en el ambiente mientras volvemos por la Costanera hacia la cancha donde pienso seguir hostigándolos un poco hasta que se haga más tarde.

Es el miércoles por la tarde y no puedo creer que nos hayan obligado a venir al Hospital porque Maximiliano le ha arrojado un lápiz a Leandro en la cara y le ha quebrado la retina, y ahora puede ser que pierda un ojo. Fue un accidente y así lo vemos todos. Además Leandro es un comunista, un politiquero que va al Colegio a hacer esos mitines de mierda para hablar mal de los militares y de los desaparecidos y a mí eso no me gusta. Se merece perder un ojo, después de todo. Para qué estoy acá, no sé.

La otra tarde me he masturbado pensando en Fiestita. Fiestita es una que se llama Mariana, pero le hemos puesto así porque se rumorea que lo ha hecho con dos a la vez en la bañadera de la casa de su novio. Es de izquierda también, y anda metida en la mierda de la política, pero su culo redondo y la expresión de relajada la salvan del hostigamiento. Sería lindo encamarse con ella, pienso. Sus yines gastados, su pelo lacio, la cara de reventada, todo me excita de ella.

Mientras todos andan preocupados por el ojo de Leandro, le cuento a Hernán que anteayer la he llamado para que saliera conmigo. Cuando me pasaron con ella mi voz se transformó en un mar de balbuceos y tartamudeces. He quedado como un imbécil

seguramente, pero no le digo esto a Hernán.

El plan era que nos lo hiciera a los dos, le cuento. Si accedía a salir conmigo se lo propondría tranquilamente, como quien no quiere la cosa. Pero me ha dicho que no, aunque me ha agradecido la invitación, y Hernán se ríe de mí, y tampoco le cuento que me he masturbado pensando en ella, y las horas parecen no pasar más en este pasillo de hospital, y cuando el celador se va a tomar un café al bar, nos escabullimos y nos vamos a la calle, para andar por ahí, pero estoy realmente aburrido, ya no puedo esperar a que llegue el entrenamiento del jueves y poder gritar un poco a los chicos que son todos unos lameculos maricones de mierda.

Una brisa fresca recorre el aire de la ciudad, y me despido de todos. Voy a buscar a mi novia y espero que su padre no esté cuando llegue a su casa. Tal vez podamos hacer algo antes de que se haga de noche. Los chicos se meten en un continuado porno de la calle Lavalle mientras hacen chistes de tuertos y rengos y deformados en honor a Leandro que va a quedar como un pirata comunista.

Los dejo que se diviertan. Está bien un poco de risa en la vida.

Disfrutar de las cosas, aprovechar los momentos placenteros, de eso se trata.

Ese es el secreto.

Por lo menos eso es lo que he aprendido yo, después de tanto esfuerzo.

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