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jueves, 7 de octubre de 2010

Texto de Sebastián Fernández

Una amiga me escribió hace un par de semanas para felicitarme por la reaparición de ADS y confesarme después de más de treinta años no su amor secreto hacia mí, lo que me hubiera sorprendido un poco, sino su pena por no haber participado en la revista, lo que me sorprendió mucho más.

Me contó que siempre había querido venir a las reuniones pero que tenía demasiado miedo para hacerlo y que en el fondo admiraba el valor de quienes sí habíamos participado.

La verdad es que no recuerdo otros miedos que los que generaban una diagramación perezosa, un artículo tedioso o un verso leninista sobre la inminencia de una de las estaciones del año. No que nunca tuviéramos miedo, eso era al fin y al cabo la condición normal durante toda la dictadura aún para aquellos cuya mayor amenaza contra el sistema era no entender nada, pero nada de nada, a la maldita química orgánica.

No había en las reuniones de revista mucha más sensación de miedo que en una calle de noche, que en un recital o que a la salida de cualquier espectáculo más o menos progre (desde el inevitable Teatro Negro de Praga hasta un ciclo de cine sueco en la Lugones). Digamos que no era miedo lo que se sentía específicamente en las reuniones. Era otra cosa.

Nunca entendí la conocida disyuntiva entre ser cabeza de ratón o cola de león. En realidad nunca logré entender que sea realmente una disyuntiva. La cabeza del ratón está conformada por la misma materia que la del león. El tamaño, al menos en este caso, no importa. Sólo un imbécil puede preferir ser una cola.

Lo que sentíamos en las reuniones de revista, al menos las chicas de diseño pero imagino que todos, incluso aquellos que defendían a un chileno profesional obsesionado por el cambio climático, era que nos sentíamos con el infinito poder que otorga saberse cabeza, de ratón o león, pero cabeza al fin. Nos medíamos a cualquiera, ya que éramos capaces de escribir, de dibujar, de editar, de publicar e incluso de vender una revista. Podíamos modificar la realidad, modificando la percepción de esa realidad. Podíamos en definitiva, hacer.

No pedíamos permiso, no imaginábamos lo maravilloso que sería armar algo si los planetas se alineaban, si lográbamos convencer a otros, si nos ayudaban, si nos dejaban. No armábamos estrategias de mesa de arena, no definíamos manuales de procedimiento para el día D, no definíamos intenciones puras para cuando un día, al fin, pudiéramos concretar nuestros sueños.

Simplemente, los concretábamos.



Sebastian Fernandez

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